La gala de los Goya vivió una edición marcada por la longevidad, con una duración de más de tres horas, aunque fue 20 minutos más corta que la del año anterior. La ceremonia, que se celebró en el Kursaal de San Sebastián, comenzó con un ambiente festivo, pero rápidamente surgieron críticas sobre la falta de ritmo y la escasa participación de los presentadores. Carlos del Amor, comentarista de TVE, admitió que la gala había superado en tiempo a eventos anteriores, generando una mezcla de sorpresa y risas entre los asistentes.
Desde hace varios años, el formato de la gala ha cambiado, reduciendo el tiempo de intervención de los presentadores, quienes suelen aparecer solo en momentos puntuales. Este año, los maestros de ceremonia, el actor Luis Tosar y la cantante Rigoberta Bandini, hicieron su aparición en contadas ocasiones, lo que ha permitido acelerar la entrega de premios, pero ha dejado un vacío en la conexión con el público. La ausencia de un guion más dinámico y atractivo fue evidente, convirtiendo la noche en una sucesión de entregas de premios sin mucho brillo.
En el marco del 40 aniversario de los Goya, se presentaron emotivos montajes con recuerdos de figuras del cine español que ya no están, siendo especialmente conmovedor el tributo a la gran Rosa María Sardà. La gala no solo fue un reconocimiento a los ganadores, sino también un homenaje a la historia del cine español, recordando a aquellos que han dejado una huella imborrable en la industria.
Las actuaciones musicales, aunque correctas, no lograron destacar, manteniendo un estilo tradicional que no impactó al público. La falta de sorpresas y momentos memorables dejó la sensación de que se había perdido parte de la esencia de las galas pasadas, que solían ser más innovadoras y arriesgadas en su formato. Por otro lado, la parte técnica del evento mostró algunas deficiencias, como un teleprompter visible y problemas con la sincronización de los subtítulos, lo que provocó momentos de desconcierto.
Un aspecto que no pasó desapercibido fue la inclusión de las lenguas cooficiales en algunos discursos, aunque se echó en falta un mayor respeto hacia estas lenguas en otros momentos de la gala. La actriz Míriam Garlo, primera actriz sorda en recibir un Goya, hizo un discurso en castellano y lengua de signos, resaltando la importancia de la diversidad y la inclusión en el ámbito cinematográfico. A pesar de ello, la ceremonia no logró facilitar que figuras del doblaje, como María Luisa Solà, pudieran encontrarse con actores reconocidos, lo que suscitó críticas sobre la relevancia de su trabajo en la industria.
Finalmente, el premio a mejor actor de reparto fue para Álvaro Cervantes, quien recibió el galardón en una entrega que destacó por su emotividad, con un formato que involucró a varios presentadores, una idea que aportó frescura a la ceremonia. A pesar de los altibajos, los Goya continúan siendo un referente en la celebración del cine español, y aunque la gala de este año no marcó un hito en la historia, logró mantener viva la esencia de un evento que, a pesar de sus críticas, sigue siendo un punto de encuentro para la comunidad cinematográfica.



























































































