El Bidasoa hizo historia al conquistar su primera Copa del Rey en enero de 1991, un hito que marcó un antes y un después para el club. En la fase final celebrada en Alzira, el equipo guipuzcoano, dirigido por Juantxo Villarreal, tuvo que superar diversas adversidades, comenzando por una ajustada victoria sobre el Teucro en la eliminatoria previa. A pesar de las dificultades, el Bidasoa demostró su fortaleza y determinación.
El enfrentamiento más reñido fue el derbi contra el Xerox Arrate, donde el conjunto de Elgorriaga logró imponerse por 23-20. En semifinales, se enfrentaron al Teka, un rival de gran calibre. A pesar de llegar al descanso con un marcador adverso de 9-10, el Bidasoa dio la sorpresa en la segunda mitad, logrando un contundente 27-19 y avanzando a la final.
El último partido fue una auténtica batalla contra el Atlético de Madrid, un rival que, aunque no era el Barcelona, se presentaba como un serio contendiente. Desde el inicio del encuentro, el equipo realizó un esfuerzo defensivo extraordinario, manteniendo la ventaja durante gran parte del encuentro. Sin embargo, la tensión aumentó cuando el Atlético logró empatar en los últimos minutos, llevando el partido a la prórroga. A pesar de este revés, el Bidasoa mantuvo la calma y se mostró superior en el tiempo extra, consagrándose campeón.
Miguel Ángel Zúñiga, el guardameta del equipo, recordó esa victoria como un momento de gran satisfacción. «A pesar de que algunos no nos tratan bien y a veces nos ignoran, somos el equipo campeón», expresó Zúñiga. Su actuación fue clave, junto a la de jugadores destacados como Alfreð Gíslason y Bogdan Wenta, quienes aportaron significativamente al triunfo del equipo.
En esa época, el Bidasoa enfrentaba desafíos no solo deportivos, sino también en su percepción pública. El equipo había sido frecuentemente criticado y menospreciado; sin embargo, su victoria en Alzira representó un logro significativo, reafirmando su posición en el balonmano español. «Para nosotros, ganar esa Copa significó muchísimo», afirmó Zúñiga, subrayando la importancia de este triunfo para la generación de jugadores que habían hecho tanto por el club.
La experiencia de jugar tres partidos en pocos días exigió una gestión tanto física como psicológica. Zúñiga destacó que el trabajo en equipo fue crucial para superar las dificultades. «Lo que sí hicimos fue no dejar ni un ápice de esfuerzo atrás», sostuvo, enfatizando la importancia del compromiso colectivo.
A medida que el Bidasoa avanzaba en el torneo, el ambiente en el vestuario se tornó más intenso, con cada jugador motivándose para dar lo mejor de sí. «Era un sentimiento de los jugadores», recordó, refiriéndose a la unión y la determinación que caracterizaban al equipo en esos momentos cruciales.
La gestión de la presión durante la final fue un aspecto fundamental. El Bidasoa, en medio de la rivalidad y la necesidad de demostrar su valía, se encontró en una situación en la que debía dejar atrás las dudas y centrarse en su rendimiento. «El físico sí que es determinante, pero lo psicológico también juega un papel clave», reflexionó Zúñiga.
Este triunfo no solo consolidó la reputación del Bidasoa en el balonmano, sino que también dejó una huella imborrable en la historia del deporte en Gipuzkoa. La victoria de 1991 permanece en la memoria de los aficionados y continúa inspirando a nuevas generaciones de jugadores. Con más de 25.000 seguidores apoyando al equipo, el ambiente en cada partido se convierte en un factor motivador esencial para el Bidasoa en su búsqueda por alcanzar nuevos éxitos.


























































































