La emocionante noche en Sevilla quedará grabada en la memoria de Pablo Marín para siempre. Tras la final, donde su actuación deslumbró y llevó a su equipo a la victoria, experimentó una mezcla de celebración y felicidad. Su gol, un lanzamiento directo a la escuadra, no solo le dio la gloria personal, sino que también hizo vibrar a toda una afición que lo reconoce al instante. La escena se completa con un grupo de jóvenes de la Real que, al cruzarse con él, le aplauden por su hazaña: “¡Pablo Marín! Menud penalti! Qué golazo!”.
Marín reflexiona sobre la rapidez con la que han sucedido los acontecimientos, «ha pasado todo muy rápido… Demasiado», comenta entre risas. No obstante, recuerda con claridad el momento culminante: «Fue el día más feliz de mi vida. Es lo máximo que podía haber soñado de pequeño». Se siente orgulloso de haber traído alegría a su gente, a quienes han estado a su lado en todo momento. «Eso no tiene ningún precio y es algo súper bonito de vivir”, añade, visiblemente emocionado.
Sobre el ambiente vivido, el jugador menciona que «fue increíble» cuando vio a la afición de la Real animando. «Me emocioné, se me caía la lagrimilla de lo emocionado que estaba», dice al recordar el momento previo a salir a calentar. El ambiente, cargado de energía, hizo que se le pusieran «los pelos de punta». En cuanto a la táctica del partido, Marín revela que el equipo había trabajado un plan específico, que resultó ser efectivo: «Hicimos un encuentro muy completo, se notó que lo teníamos trabajado».
La final contra el Atlético no solo era un encuentro deportivo; representaba la oportunidad de cerrar un ciclo. «Nosotros llevábamos mucho tiempo buscándola», explica, refiriéndose a las finales anteriores que se les habían escapado. «Sabíamos que había que matar o morir, pero dejándolo todo hasta el último minuto», recuerda con determinación. La unidad del equipo fue clave, y Marín destaca que «es igual de importante el que empieza que el que sale luego e incluso el que no juega».
La celebración posterior fue un momento de gran alegría, como señala Marín: «El día de la rúa fue increíble ver cómo estaba Donostia, fue espectacular». Pasó tiempo con su familia y amigos, disfrutando de cada emoción vivida. «Me quedo con todo de todas esas emociones que vivimos, que fueron muy bonitas», concluye al hablar de la experiencia.
En la tanda de penaltis, otro de los héroes del encuentro fue Unai Marrero, un compañero de confianza para Marín. «Confiaba mucho en Marrero y me alegro un montón por él», dice, orgulloso del trabajo duro que hizo. Marín se muestra contento con la manera en que el portero enfrentó el desafío. «Siempre he tenido súper buena relación con él», asegura, destacando la importancia de la confianza en el equipo.
La victoria ha dejado una huella imborrable en el jugador, así como en toda la afición de la Real Sociedad. Esta final representa no solo un triunfo deportivo, sino una reivindicación de esfuerzo y dedicación que resuena en todos los rincones de Gipuzkoa. La celebración de un título tan esperado refuerza la pasión por el fútbol en toda la provincia y une a la comunidad en un momento de alegría compartida.





























































































