La final de 1928 dejó un sabor amargo para la Real Sociedad, que se enfrentó nuevamente al Fútbol Club Barcelona en un partido que se prolongó durante tres encuentros. Los donostiarras habían regresado de participar en los Juegos Olímpicos de Ámsterdam y se presentaron a la cita con el ánimo de recuperar el título. Sin embargo, la controversia se apoderó del evento, especialmente tras un arbitraje que fue criticado por el poeta Gabriel Celaya, quien respondió a un poema de Rafael Alberti que celebraba el primer encuentro entre ambos equipos.
El camino hacia la finalBarcelona, el Real Unión y otros clubes de Zaragoza. A pesar de perder dos partidos, logró clasificarse con un total de ocho victorias. En semifinales, el equipo dirigido por Benito Díaz arrasó al Valencia, lo que les permitió alcanzar la final.
En el primer partido decisivo, que tuvo lugar el 20 de mayo en Santander, el Barcelona tomó la delantera gracias a un gol de José Samitier. Sin embargo, el jugador de la Real, Ángel Mariscal, igualó el marcador en el minuto 83, lo que llevó a un partido de desempate. Este segundo encuentro fue testigo de un juego intenso, donde la Real se adelantó a través de Luis Iruretagoyena, pero el Barcelona logró empatar, lo que resultó en la necesidad de un tercer partido.
Los clubes decidieron que el desempate se llevaría a cabo en los Campos de Sport de El Sardinero, el 29 de junio. Los jugadores de la Real llegaban tras participar en los Juegos Olímpicos, donde hasta nueve de ellos compitieron, mientras que el Barcelona no había perdido ningún futbolista en el torneo. Este partido, marcado por la tensión y la dureza de ambos equipos, culminó con una expulsión en el minuto 65, pero ya se había definido el resultado. El Barcelona se puso adelante y, a pesar del esfuerzo de la Real, el encuentro terminó con un 3-1 a favor de los catalanes, dejando a los donostiarras con las manos vacías una vez más.
La rivalidad entre estos dos clubes fue más allá del fútbol, llegando a ser un tema de reflexión literaria. El poeta gaditano Rafael Alberti, quien presenció el primer partido, escribió una oda a Franz Platko, el portero del Barcelona, destacando su valentía. Por su parte, Gabriel Celaya, quien también estuvo en las gradas, respondió años después con un poema que recordaba la «triple derrota» de la Real, enfatizando que, aunque el resultado fuera adverso, el espíritu del equipo seguía vivo.
La historia de estos encuentros no solo refleja la competencia deportiva, sino también un trasfondo de creatividad y emoción que ha perdurado en la memoria colectiva. A través de los versos y la prosa, los sentimientos de los aficionados y jugadores se entrelazaron, convirtiendo esos partidos en un legado cultural que sigue resonando en la actualidad. La Real Sociedad y el Barcelona no solo compitieron por un trofeo, sino que también dejaron una huella imborrable en la historia del deporte y la literatura.


























































































