El cortometraje Sucia, dirigido por la talentosa cineasta y actriz catalana Bárbara Mestanza, ha sido galardonado en el 23 Festival de Cine y Derechos Humanos. Este filme aborda la lucha personal de Mestanza tras haber sido víctima de abusos sexuales, y se ha destacado entre una serie de obras que han participado en el certamen. Por su parte, el documental Black Water, del navarro Natxo Leuza, ha sido reconocido con el premio otorgado por Amnistía Internacional. En el evento, el documental Lutxi eta zuhaitza, de Lander Garro, que narra la tragedia de Luzia Urigoitia, quien fue asesinada por la Guardia Civil, quedó muy cerca del reconocimiento, mientras que el filme Palestine 36 se posicionó en el tercer lugar.
Mestanza y su colaborador, Pujolar, presentaron Sucia el pasado fin de semana, después de su estreno en el Festival de Málaga. Durante la presentación, la directora explicó la complejidad de llevar su experiencia al cine, un relato que previamente fue adaptado al teatro y la novela. A lo largo de la proyección, Mestanza comparte el tormento emocional y judicial que ha atravesado, respondiendo a la frecuente pregunta que muchos le han hecho sobre por qué no «hizo nada» ante el abuso que sufrió en 2015.
El palmarés del festival, que se reveló en una rueda de prensa, también incluyó el Premio del Jurado Joven al Mejor Cortometraje, que fue concedido ‘ex aequo’ a dos producciones de Francia: La Barrière, de Christophe Deram, y La Première Marche, de Olivier Wright. Además, el corto vasco Ultramarino, de Maren Zubeldia y Silvina Guglielmotti, fue el elegido para llevarse el Premio EITB.
En una ceremonia programada para este jueves por la tarde, el reconocido director vasco Imanol Uribe recibirá un premio especial en reconocimiento a su carrera. Este galardón es uno de los momentos culminantes del festival, que se distingue no solo por su énfasis en la calidad de las obras presentadas, sino también por el impacto social que buscan generar.
El Premio del Público a la mejor película es decidido a través de las votaciones del público asistente, mientras que las distinciones restantes son determinadas por diferentes jurados especializados. En cuanto al reconocimiento de Amnistía Internacional, el jurado destacó que Black Water aborda de manera efectiva la crisis de los refugiados climáticos desde la perspectiva de Bangladés, «reflejando toda esta problemática con una excelente factura cinematográfica y abriendo una ventana a la esperanza».
A medida que se acerca el final de esta edición, el director del festival, Beltrán, ha realizado un balance provisional y ha afirmado que la asistencia ha sido «muy similar» a la del año pasado, con aproximadamente 5.000 espectadores en las proyecciones realizadas en los teatros Victoria Eugenia y Principal, así como en Tabakalera. Además, se han registrado en torno a 2.300 escolares en las sesiones matinales del Principal.
Beltrán enfatizó la importancia de continuar con un festival de estas características, que no solo permite la difusión del cine, sino también fomenta un espacio de reflexión y diálogo. «La respuesta del público, de los cineastas y de aquellos que participan en los coloquios evidencia la necesidad de mantener un festival que defienda la cultura como un espacio para la reflexión más profunda, así como para la ira constructiva», comentó, resaltando el impacto positivo que estos eventos pueden tener en la sociedad.

































































































