La historia de la Transición en Euskadi concluyó en 2011, coincidiendo con el fin de la actividad terrorista de ETA, lo que sucedió 30 años después del proceso en el resto de España. A pesar de su importancia histórica, el cierre de esta etapa no ha sido valorado adecuadamente. Así lo expresa Jesús Eguiguren, negociador clave en el proceso de paz durante el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, en su libro titulado Memorias políticas, publicado por Betagarri Liburuak en 2025.
Eguiguren, natural de Aizarna y con 71 años de edad, destaca que «tras resolver el problema más grave de nuestra democracia, todavía hay quien lo niega y rechaza aprobar alguna resolución parlamentaria que celebre lo ocurrido y homenajear a quienes sufrieron, resistieron y ganaron». En su relato, se refiere a la violencia y los conflictos que marcaron la historia reciente de Euskadi, subrayando que «si el objetivo era la paz y la libertad no se logró en Euskadi hasta octubre de 2011». En su análisis, el conflicto vasco estuvo marcado por una falta de consenso en comparación con el resto de España, donde predominó un clima de democracia y acuerdo.
El inicio del periodo de tensión se sitúa en 1978, durante el referéndum de la Constitución, donde solo el PSE, el PCE y la UCD apoyaron el texto. Mientras tanto, ETA intensificaba su actividad terrorista y el PNV se radicalizaba. «Defendimos solos la Constitución. El odio se reflejaba en las caras», recuerda Eguiguren, quien enfatiza que aunque el resultado fue favorable, la percepción de rechazo hacia la Constitución se estableció en Euskadi.
La violencia de ETA tuvo consecuencias devastadoras. En 1980, la organización terrorista asesinó a 91 personas, iniciando una serie de ataques que cobraron la vida a cerca de una docena de socialistas. Eguiguren recuerda el asesinato de Germán González, el primer socialista asesinado, lo que marcó su propia juventud. La secuela de ese sufrimiento ha dejado huellas en los socialistas vascos, quienes, según él, presentan «rasgos evidentes del daño padecido».
La violencia en Euskadi fue «un fenómeno inédito en Europa desde la caída de los fascismos», donde una minoría impuso su poder sobre la mayoría. Según Eguiguren, el silencio se convirtió en una constante por miedo, y la falta de consenso político y social junto con la debilidad del Estado complicaron la situación. En este contexto, el Pacto de Ajuria Enea se erigió como un hito en la lucha contra ETA, uniendo a nacionalistas y no nacionalistas en un esfuerzo común.
No obstante, los GAL, que perpetraron 27 asesinatos, también marcaron el periodo de Felipe González, añadiendo un «enorme borrón» a la historia política de la época. Eguiguren reconoce que hubo un descontento generalizado, pero también que la presión emocional no era tan palpable en Gipuzkoa, donde la respuesta a estos atentados era distinta.
El fracaso del Pacto de Lizarra, que buscó unir a PNV, HB y ETA en 2000, llevó a un nuevo enfoque en la política. Eguiguren destaca que «la solución a la violencia no pasaba por la unidad nacionalista». Tras las elecciones vascas de 2001, y un cambio en la estrategia del PSE, Eguiguren se encontró en el centro de la polémica al negociar con ETA, un hecho que lo convirtió en uno de los políticos más criticados en Euskadi.
A pesar del rechazo que enfrentó, Eguiguren apunta que el diálogo fue clave para el desenlace del conflicto. En 2006, el atentado de la T4 en Barajas complicó el proceso, pero también abrió la puerta a una nueva perspectiva. «De sus escombros salió la paz», sostiene Eguiguren, quien considera que la iniciativa de Batasuna fue fundamental para acabar con la violencia.
Finalmente, Eguiguren reflexiona sobre las consecuencias del terrorismo y la responsabilidad que recae sobre la izquierda abertzale. «En Euskadi sabemos que ha sido el mejor final», concluye, enfatizando que la normalización y la reconciliación se hicieron posibles tras el fin de ETA, aunque las secuelas de la violencia permanecen en la memoria colectiva.
Su recorrido histórico pone de manifiesto no solo el sufrimiento de las víctimas, sino también la lucha por la paz que ha caracterizado a Euskadi a lo largo de los años. La figura de Eguiguren se erige como un símbolo de la resistencia y el diálogo, y su legado sigue siendo relevante en la reflexión sobre el futuro de la convivencia en la región.































































































