La memoria colectiva tiende a ser selectiva y, con el paso del tiempo, las heridas se van desvaneciendo. Esto hace que resulte difícil comprender la complejidad que supuso, hace aproximadamente veinticinco años, romper con el silencio que caracterizaba a la sociedad vasca, marcado por el miedo tras los atentados de ETA. En la primavera de 1986, un grupo de pioneros se atrevió a despertar la conciencia cívica mediante un acto simbólico: quince minutos de silencio. Esta acción dio origen a Gesto por la Paz, en un periodo turbulento conocido por la violencia de la banda terrorista.
Aquellos valientes, más arriesgados que imprudentes, establecieron un camino que ha sido seguido por el movimiento abertzale en su búsqueda de la paz. A día de hoy, la coordinadora ha decidido poner fin a sus actividades, anunciando la fecha de su última manifestación. Este evento, que se llevará a cabo en el mismo lugar y a la misma hora que en sus inicios, pone de manifiesto la constancia que caracterizó a Gesto.
Durante el año 1986, ETA ejecutó cerca de una veintena de atentados, cobrando la vida de casi cincuenta personas, entre ellas policías y civiles. Sin embargo, en un contexto donde prevalecían las voces de quienes apoyaban la violencia, el grupo de Gesto se destacó por su intento de expresar un rechazo público. «La calle era de ellos», reconoce Jesús Herrero, uno de los jóvenes que formó parte de esta iniciativa. Para ellos, era esencial visibilizar su protesta ante el sufrimiento que se vivía en la comunidad.
La paloma de la paz, símbolo que surgió en aquellos primeros momentos, representaba una coordinadora plural e independiente del poder político. A pesar de su imagen de heroísmo, el movimiento tuvo que lidiar con la presión y la intimidación por parte del entorno abertzale. Durante este tiempo, organizar concentraciones silentes se convirtió en un acto de valentía, enfrentándose a la oposición de quienes buscaban silenciar su mensaje de paz.
El verdadero impulso social hacia la pacificación no comenzó hasta la siguiente década, cuando un grupo más amplio de jóvenes se unió al movimiento. El lazo azul se convirtió en un símbolo de solidaridad contra el terrorismo, popularizándose tras el secuestro de varios ciudadanos. Sin embargo, la reacción de la izquierda abertzale generó momentos de gran tensión, donde el miedo y la intimidación eran palpables.
El asesinato de Miguel Ángel Blanco en 1997 marcó un antes y un después en la percepción social sobre la violencia. Este trágico suceso evidenció el hartazgo de la ciudadanía y, a lo largo de los años, Gesto por la Paz logró consolidarse como un referente en la lucha por la paz en Euskadi. No obstante, el distanciamiento político entre los partidos independentistas y constitucionalistas llevó a la coordinadora a experimentar una etapa de soledad y descrédito.
Con el paso del tiempo, Gesto por la Paz ha visto disminuir su influencia en las calles, aunque su legado perdura en la memoria colectiva como un símbolo de resistencia pacífica. Para quienes participaron en sus concentraciones o portaron el lazo azul, la última manifestación que se llevará a cabo es una oportunidad para rendir homenaje a la lucha que inició este movimiento.
Gesto por la Paz cumplió el año pasado sus veinticinco años de existencia, con más de 200 socios y un importante apoyo económico. En su mejor momento, llegaron a organizar más de 5.000 concentraciones para protestar contra el terrorismo. Sin lugar a dudas, su impacto ha dejado una huella profunda en la historia de Euskadi y su camino hacia la paz.
Este momento culminante en la trayectoria de Gesto refleja la evolución de una sociedad que, tras años en conflicto, ha decidido avanzar hacia la reconciliación. La manifestación que se planea para este sábado permitirá a los ciudadanos recordar y honrar a aquellos que, con su valentía, comenzaron a cambiar la narrativa del miedo por la de la esperanza.






























































































