En junio de 1940, la esvástica nazi ondea en la emblemática ciudad de París, mientras una columna de soldados alemanes avanza a caballo bajo el Arco del Triunfo. La toma de la Ciudad de la Luz por parte de Alemania durante la Segunda Guerra Mundial representa no solo un golpe para Francia, sino también un importante cambio en la historia del exilio vasco.
En el número 11 de la avenida Marceau, un palacete del siglo XIX que había sido transformado en un símbolo del exilio vasco tras la Guerra Civil española, se convierte en un objetivo de la Gestapo. Ese mismo año, la policía secreta alemana entrega las llaves de este edificio a la dictadura de Francisco Franco, pasando a ser parte del Estado español hasta la actualidad.
Más de ocho décadas después, los herederos de quienes dicen ser sus legítimos propietarios han insistido en reclamar la posesión del edificio, usurpado durante la ocupación nazi en Francia. Esta cuestión se ha convertido en una de las demandas históricas del Partido Nacionalista Vasco (PNV).
A medida que la Guerra Civil estalla en España, el Gobierno vasco inicialmente se asienta en Bilbao, pero pronto se ve forzado a abandonar la ciudad. En 1937, ante el avance de las tropas franquistas, el Gobierno vasco se traslada a París, donde establece varias delegaciones en Europa y América, convirtiendo el palacete de Marceau en su primera sede en el exterior.
Sin embargo, tras la ocupación de París, el exilio vasco se ve obligado a huir y no regresaría al edificio hasta la liberación de la ciudad en 1944. Posteriormente, el régimen franquista reclama la propiedad del inmueble, y en 1951, Francia acepta la solicitud basándose en una resolución judicial de años anteriores que dictaminaba que el propietario del palacete era el Estado franquista.
Leyre Arrieta, doctora en Historia Contemporánea, señala que esta decisión fue devastadora para el exilio vasco, que consideraba a Francia un aliado. La viuda de José Antonio Aguirre, el primer lehendakari, recuerda la tristeza de su marido tras enterarse de la expulsión del edificio, que simbolizaba la amistad entre los vascos y los franceses.
Decenios después, durante la Transición, el PNV reitera su reivindicación sobre el palacete, exigiendo su titularidad y convirtiéndola en un requisito para la investidura de José María Aznar como presidente del Gobierno en 1996. A pesar de que una sentencia del Tribunal Supremo en 2003 resolvió que el inmueble no fue incautado, sino que pasó a ser parte del Patrimonio español, el PNV continúa defendiendo sus derechos sobre el edificio.
Recientemente, la controversia se ha reavivado ante la posible cesión del palacete al PNV, incluida en un paquete de medidas que fue rechazado por el PP y Junts en el Congreso. Los populares han criticado abiertamente esta propuesta, acusando al PNV de aprovecharse de la situación política.
Aitor Esteban, portavoz del PNV en el Congreso, ha respondido a las críticas, afirmando que la titularidad del edificio está acreditada legalmente y que su devolución está respaldada por la Ley de Memoria Democrática, lo que añade un contexto de reivindicación histórica a la propiedad del inmueble.
El palacete de Marceau no solo es un edificio, sino un emblema del exilio vasco y un símbolo de la lucha por los derechos del pueblo vasco. Aunque actualmente sigue siendo propiedad del Estado español, las reclamaciones sobre su titularidad representan un capítulo importante en la historia contemporánea del País Vasco y de sus aspiraciones políticas.





























































































