La casa Baroikua de Urretxu se ha convertido en un ejemplo fascinante de la arquitectura local, evocando la historia de su creación similar a la del personaje de Víctor Frankenstein. Este edificio, que originalmente fue concebido como un palacio en el siglo XVII, ha sufrido numerosas modificaciones a lo largo de los años, convirtiéndose en un peculiar híbrido entre una vivienda y un palacete.
La construcción de esta edificación comenzó bajo la dirección del primer barón de Areizaga, Felipe, y su hermano Bernardo. El diseño inicial era de planta cuadrada y estaba compuesto por una planta baja y dos superiores. Aunque el edificio ha sido transformado significativamente, aún se pueden observar elementos del diseño original, como la fachada y los escudos que atestiguan su noble origen.
El linaje de los Areizaga se remonta a Zumarraga, donde antes de embarcarse en la vida militar, también formaron parte de la burocracia real. Durante el siglo XVIII, la familia se involucró en el comercio y participó en la creación de la Real Compañía de Caracas. Con el tiempo, abandonaron Urretxu, pero su legado sigue presente en la arquitectura de la región.
Este palacio sirvió como residencia de la familia Areizaga hasta la Guerra de la Independencia (1808-1813), cuando las tropas francesas lo requisaron y lo utilizaron como cuartel y hospital. Las condiciones del edificio se deterioraron considerablemente durante este periodo, dejándolo en un estado lamentable.
A mediados del siglo XX, el palacio fue adaptado como colegio y llegó a albergar una sociedad gastronómica. En este contexto de abandono, Rufino Berjerandi, un constructor local, adquirió el inmueble. Su intervención es comparable a la de un doctor Frankenstein, ya que transformó el palacio en un edificio de viviendas, aumentando tanto la altura como la superficie durante los años sesenta.
La adaptación del palacio para uso residencial no eliminó la esencia del mismo. En su interior, se conservan numerosos recovecos típicos de las mansiones, incluyendo sótanos y buhardillas. Esto ha generado una disposición inusual de los espacios, donde cada planta presenta diferentes configuraciones. En una de las plantas se pueden encontrar cinco viviendas, mientras que en otra hay tres, lo que demuestra la diversidad arquitectónica del lugar.
El acceso al edificio también tiene sus particularidades: el ascensor solo llega hasta el quinto piso, ya que el sexto es un levante, lo que dificulta el acceso para algunos residentes. Además, el edificio cuenta con varios tejados de formas dispares, lo que ha generado ciertos desafíos de mantenimiento para la comunidad vecinal.
Entre las características notables de la casa Baroikua se encuentran tres patios y un sótano que previamente sirvió como garaje y como sala de exposiciones de Caja Laboral. Sin embargo, el acceso a este sótano se ha visto restringido debido a la obra para encauzar el río Urola, ahora solo se puede acceder a él desde el portal principal.
Hoy, la fachada, con su sillería y los escudos de los Areizaga, sigue impresionando a quienes pasan por allí. Cada escudo está coronado por águilas bicéfalas, un recordatorio del estatus nobiliario de la familia. La estructura del edificio, con su alero de madera y otros detalles arquitectónicos, otorga a la casa un encanto especial que atrae tanto a vecinos como a visitantes.
En resumen, la casa Baroikua es un testimonio vivo de la historia de Urretxu, un edificio que ha sabido adaptarse a lo largo de los siglos manteniendo su identidad. Este lugar no solo refleja la riqueza del pasado nobiliario de Gipuzkoa, sino que también ofrece un vistazo a la capacidad de transformación de los espacios históricos en contextos modernos.

































































































