Durante mucho tiempo, ha prevalecido una percepción errónea sobre los niños con altas capacidades, considerándolos afortunados por su habilidad natural para pensar más rápidamente, sentir con mayor intensidad y cuestionar todo a su alrededor. Sin embargo, la realidad que enfrentan muchas familias revela un panorama muy distinto. En lugar de beneficiarse de privilegios, muchos de estos menores se sienten desconectados, incomprendidos e incluso “defectuosos” en un entorno que no está diseñado para su singularidad.
La sociedad tiende a adaptarse a un estándar medio, creando un ambiente en el que las emociones son controladas y la curiosidad moderada. Esto lleva a que los niños que no se ajustan a ese modelo, al sentirse abrumados por estímulos en el aula o por la monotonía del aprendizaje tradicional, sean rápidamente etiquetados como “fuera de lugar”. Desde la Asociación Cántabra de Apoyo a las Altas Capacidades Intelectuales (ACAACI), se busca desmontar esta visión simplista. Su vicepresidente, Óscar Jiménez Faura, enfatiza que «no se trata de un don, se trata de una condición».
Las altas capacidades no son solo sinónimo de rendimiento académico. Representan una forma diferente de asimilar la información, de percibir el entorno y de sentir emociones. “La gran capacidad intelectual a menudo se acompaña de una intensa emocionalidad. Si no se aprende a canalizar, puede resultar desbordante”, advierte Jiménez Faura.
El mito que más daño hace
Un obstáculo significativo no es solo la diferencia en sí, sino el relato que se ha construido en torno a estas peculiaridades. Existe un mito del niño perfecto: aquel que es brillante, obediente y que sobresale en todos los aspectos sin generar conflictos. Cuando un menor no se ajusta a esta imagen ideal, se pone en duda su diagnóstico. Por otro lado, cuando sí encaja, surge otra trampa: la creencia de que no requiere apoyo porque “ya se las arregla solo”.
Este pensamiento, que se ha arraigado en ciertos entornos educativos y familiares, tiene repercusiones profundas. Muchos estudiantes con altas capacidades no brillan en el ámbito académico, no por falta de talento, sino porque no han recibido orientación adecuada para aprender de acuerdo con sus características o para entender su mundo interno.
El impacto de esta situación puede ser devastador, conduciendo a un mayor riesgo de ansiedad, depresión y un sentimiento persistente de fracaso. “Se les exige que se ajusten, pero no se les ofrecen herramientas para lograrlo”, resume Jiménez Faura.
Encontrar refugio entre iguales
Frente a esta falta de comprensión, las asociaciones como ACAACI se constituyen como espacios vitales de apoyo. En estos entornos, los niños encuentran a otros que comparten sus experiencias y emociones, donde pueden ser ellos mismos sin la presión de ajustarse a los estándares de los demás. Mientras los adultos intercambian preocupaciones y miedos, los menores se dedican a jugar, crear y discutir sobre sus intereses.
ACAACI organiza encuentros semanales en diversos lugares de Cantabria. Cada viernes, el Centro Cívico Torres Quevedo de Astillero acoge a familias de la bahía que buscan compartir sus experiencias y resolver inquietudes. De igual manera, se celebran reuniones mensuales en Colindres y Torrelavega.
La clave, según la asociación, radica en facilitar una socialización auténtica. Esto se logra al conectar a los niños con aquellos que sienten y piensan de manera similar, evitando que se sientan presionados a ajustarse.
Educar para la vida, no solo para el aula
El debate sobre altos capacidades a menudo se centra en el rendimiento escolar, pero también hay que considerar que estos niños serán adultos. Necesitarán desarrollar habilidades para conocerse a sí mismos, tomar decisiones y gestionar sus emociones. Por ello, desde ACAACI se promueven programas que fomenten la autodeterminación, la mentoría con investigadores y la gestión emocional como pilares fundamentales. La prevención es esencial: cuanto antes se les apoye en su autoconocimiento, mayores serán sus oportunidades de bienestar en el futuro.
“No se trata de aumentar su inteligencia”, subraya Jiménez, “sino de hacerlos más sanos y felices”. Esa intensa emocionalidad, que en ocasiones puede resultar dolorosa, también es la puerta a una profunda felicidad, creatividad excepcional y una visión innovadora del mundo, siempre que se les enseñe a entenderla.
El desafío más importante puede no ser solo individual, sino colectivo. Es fundamental reconocer que las altas capacidades no son un privilegio, sino una diferencia que merece atención específica. Destinar recursos a este fin no es un capricho, sino una inversión en la prevención del sufrimiento futuro.
Cuanto antes se aborde esta realidad, menos adultos con problemas emocionales habrá en el futuro. La sociedad debe aprender a escuchar antes de silenciar y a aceptar sin idealizar, acompañando a estos niños sin exigirles uniformidad. En esencia, estos menores no buscan ser especiales, sino simplemente ser comprendidos.
































































































