Las estadísticas del ICEX esconden una anomalía difícil de anticipar: Gipuzkoa concentró en 2025 el 98,5 % de las exportaciones españolas a Groenlandia, con un valor de 79,7 millones de euros. Detrás de esa cifra hay un único protagonista, el ‘Kaassassuk’, un arrastrero congelador de 82,3 metros de eslora y capacidad para procesar 120 toneladas diarias de producto, adquirido por Royal Greenland, la compañía pesquera estatal del país ártico.
El buque, diseñado para la captura de camarón en aguas heladas, incorpora tecnología avanzada que incluye un sistema robótico de paletización capaz de organizar automáticamente la mercancía para su exportación. Sin embargo, su construcción no tuvo lugar en suelo guipuzcoano: salió de los Astilleros de Murueta, en Bizkaia. La operación figura en las cuentas de Gipuzkoa porque los trámites aduaneros de exportación se centralizaron desde ese territorio, un detalle burocrático que basta para alterar por completo el mapa comercial.
Tres buques y más de 238 millones en cinco años
El caso del ‘Kaassassuk’ no es un episodio aislado. Entre 2021 y 2023, dos astilleros guipuzcoanos ya habían firmado contratos relevantes con clientes groenlandeses. Astilleros Balenciaga, en Zumaia, entregó el ‘Tarajoq’, un buque oceanográfico de 61 metros equipado con laboratorios y capacidad para 32 personas, destinado al Instituto de Ciencias Naturales de Groenlandia por un importe de 65 millones de euros. Zamakona, desde Pasaia, construyó los buques refrigerados ‘Siuana Arctica’ y ‘Maleraq Arctica’ para la naviera Royal Arctic Line, con un coste conjunto de 94 millones.
Esa sucesión de encargos ha consolidado a Euskadi como socio industrial del Ártico, con Pasaia, Zumaia y Bilbao convertidos en puntos de conexión entre la tradición naval vasca y las necesidades logísticas de los mares fríos. El vínculo comercial, además, no es unidireccional: Gipuzkoa importa de Groenlandia pescados, crustáceos y moluscos por valor de 260.000 euros.
El nombre del buque aporta su propia capa de significado. ‘Kaassassuk’ es una figura legendaria del folclore groenlandés que encarna la fortaleza surgida de la adversidad, un símbolo que la isla ártica ha situado ahora en la proa de un barco con acento vasco, justo en las semanas en que Groenlandia ocupa portadas internacionales por las reiteradas amenazas del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de hacerse con el control del territorio.





























































































