Hoy, en el contexto del Día de San Valentín, es un momento propicio no solo para celebrar el amor, sino también para abordar un tema que, aunque menos romántico, es fundamental en cualquier convivencia: el dinero. Establecer objetivos financieros en pareja es clave para prevenir que las finanzas se conviertan en un motivo de conflicto que afecte a la relación a largo plazo.
El manejo del dinero continua siendo uno de los grandes tabúes en las relaciones. A menudo, al inicio de una relación, la emoción por compartir momentos y planes puede hacer que el manejo de los gastos pase a un segundo plano. Sin embargo, a medida que la relación avanza y se consolida, aparecen decisiones financieras más complejas, como la adquisición de una vivienda o la planificación de ahorros para proyectos futuros.
Según el Banco de España, «la gestión de las finanzas en pareja puede ser un desafío, pero con una buena organización y comunicación, es posible alcanzar objetivos financieros comunes y disfrutar de una vida económica saludable».
El primer paso para asegurar una buena gestión financiera es la transparencia. Hablar abiertamente sobre la distribución de gastos, la planificación del ahorro y las expectativas en el ámbito económico puede ayudar a evitar malentendidos. Aunque uno de los miembros de la pareja pueda tener más experiencia en finanzas, es crucial que ambos estén al tanto de la situación económica, participen en las decisiones y compartan tanto ingresos como deudas. Esta información es vital para prevenir eventualidades que pudieran comprometer la estabilidad económica y emocional de la pareja.
Además, las parejas que establecen metas compartidas para ahorrar, ya sea para la compra de una vivienda, un viaje o un fondo de emergencia, suelen tener más éxito en su gestión financiera. Ser realista al momento de crear un presupuesto, considerando ingresos y gastos, también es fundamental, ya que ayuda a controlar el flujo de dinero y evitar gastos innecesarios.
Existen diferentes enfoques que las parejas pueden adoptar para manejar sus finanzas. El modelo de pareja fusión implica que ambos miembros compartan todas sus cuentas y gestionen conjuntamente sus ingresos y gastos, lo que requiere un alto grado de confianza y normas claras. En el extremo opuesto, el modelo de pareja independiente permite a cada miembro mantener su economía por separado, lo que es común en relaciones no convivenciales.
Entre estas opciones, hay también modelos intermedios. Una de estas variantes es la pareja igualitaria, donde ambos mantienen cuentas individuales, pero contribuyen con un porcentaje equitativo a una cuenta común para gastos compartidos. Si hay disparidad en los ingresos, puede ser más justo optar por el modelo de pareja proporcional, donde cada uno aporta según su capacidad económica, asegurando así una distribución equitativa en función de sus recursos.
El Código Civil establece en su artículo 1438 que, en ausencia de acuerdo, los cónyuges deben contribuir a las cargas del matrimonio de manera proporcional a sus recursos económicos. Este principio también contempla el trabajo doméstico como una contribución que merece ser valorada y compensada en caso de separación. De aquí se pueden extraer dos ideas clave: prevenir desequilibrios económicos y reconocer el valor del trabajo no remunerado.
Independientemente del sistema financiero que elijan, ya sea una cuenta conjunta, cuentas separadas con un fondo común o aportaciones proporcionales, es aconsejable realizar una revisión periódica de este acuerdo, especialmente si las circunstancias de la pareja cambian.
Fomentar un diálogo claro sobre finanzas transforma este tema, que a menudo genera tensión, en un aspecto más del proyecto compartido de la pareja. Al final, el dinero es un elemento que permea la vida cotidiana y requiere ser gestionado en conjunto, reforzando así el trabajo en equipo.






























































































