Las leyendas tienen un papel fundamental en nuestro entendimiento de la realidad, especialmente en contextos donde la lógica parece desvanecerse. Esto es particularmente cierto en el fútbol, donde las historias de maldiciones y presagios pueden influir en la narrativa de los equipos. En Donostia, por ejemplo, se recuerda la famosa maldición de monsieur Comet, que se remonta a la demolición del velódromo local. Tras esta transformación, el aficionado al ciclismo vaticinó que la Real Sociedad nunca sería campeona, una predicción que se mantuvo vigente hasta que el club logró alzar la Copa en 1987, a pesar de haber tenido éxitos en Ligas anteriormente.
El mundo del fútbol está plagado de relatos similares. Desde la maldición gitana de St. Andrew’s que privó al Birmingham de títulos durante décadas, hasta el conocido destino del Benfica, marcado por un pronóstico de Béla Guttmann. A lo largo de los años, muchos equipos han cohabitado con estas supersticiones, que parecen desvanecerse cuando finalmente rompen el ciclo de la mala suerte. En este sentido, la Real Sociedad no es una excepción, ya que las maldiciones parecen existir solo mientras se cumplen.
Cuando se inauguró el estadio de Anoeta, muchos aficionados esperaban que la Copa dejara de ser un obstáculo. Sin embargo, los tropiezos continuaron, con la Real sufriendo eliminaciones tempranas ante equipos considerados inferiores. La historia se repetía con frecuencia, y el sufrimiento de los aficionados se hacía palpable, especialmente al escuchar relatos de partidos desastrosos, como aquella derrota por 6-1 ante el Mallorca. Era un ciclo doloroso, similar al mito de Sísifo, que parecía no tener fin.
Pasaron más de 20 años en esta búsqueda de títulos, donde el trofeo se convirtió en un lujo que, para algunos, ya no era esencial. Mientras otros equipos transformaban la Copa en parte de su identidad, la Real luchaba con el peso de las expectativas y la memoria colectiva de los aficionados. La competición no solo representa la lucha por ganar, sino también la construcción de recuerdos y emociones compartidas.
El sonido de la Copa ha cambiado. Durante años, el eco de los sorteos y los partidos entre semana era un recordatorio constante de las esperanzas y decepciones. Hoy en día, esa costumbre ha evolucionado. Según las estadísticas, en la última década, la Real ha logrado un desempeño notable, alcanzando tres semifinales consecutivas, incluso en una temporada marcada por incertidumbres en el banquillo. Esto ha sido posible gracias a un enfoque renovado que valora la competición como un todo, no solo como un evento aislado.
Más de un siglo después del derribo del velódromo, la dinámica de la Copa ha cambiado drásticamente. La maldición que afectaba a la Real parece haber perdido su poder. La competición sigue avanzando y, a medida que se acerca la semifinal contra el Athletic, los recuerdos de la Copa del 87 resurgen, despertando en los aficionados un sentimiento de esperanza renovada.
Con la historia de la Real Sociedad como telón de fondo, surge la pregunta: ¿podrán los txuri-urdin repetir la hazaña del pasado y romper por fin con el destino que les ha perseguido durante tanto tiempo?



























































































