La Itzulia ha vuelto a demostrar que el ciclismo no solo es cuestión de potencia y vatios, sino que también se trata de valentía y estrategia. Las dos últimas etapas han sido un claro ejemplo de ello, con sorpresas y actuaciones memorables que han revitalizado el espíritu competitivo de esta disciplina. En particular, la etapa del jueves se destacó por su complejidad y las múltiples alternativas que ofreció a lo largo del recorrido, que serpentea por las montañas que rodean Bilbao y Galdakao.
Uno de los momentos más destacados fue la escapada del estadounidense McNulty, quien mantuvo su ventaja durante un tiempo, mientras que un grupo diverso de ciclistas se lanzaba en su persecución. Los montes vascos, aunque no son muy altos, presentan una dureza que exigió al máximo a los corredores. Entre las subidas más notables, aparecieron ataques inesperados de figuras como Soler, así como de los hermanos noruegos Johannessen, pero fue Alex Aranburu quien finalmente se alzó con la victoria, reafirmando su talento en esta competición.
La controversia no faltó en esta etapa, especialmente con el comportamiento de Seixas, quien, al parecer, se dejó llevar por la ambición de emular a grandes ciclistas como Pogacar. Al descender del puerto de Legina, decidió atacar en un momento poco estratégico, lo que resultó en un esfuerzo vano al final de la subida. Esta decisión, sin embargo, mostró sus limitaciones en un momento crucial, permitiendo que otros ciclistas como Ion Izagirre aprovecharan su error.
Los desafíos físicos no han sido los únicos protagonistas en esta Itzulia. Las caídas han marcado la competición, recordando el accidente grave de hace dos años que involucró a destacados corredores como Vingegaard y Roglic. Este año, la caída del ciclista mexicano Isaac del Toro ha suscitado preocupaciones sobre la seguridad en el pelotón. Muchos observadores creen que el aumento en las velocidades y la presión de los equipos por mantener una formación compacta están contribuyendo a estos incidentes.
El último monte que pisaron los ciclistas, Legina, tiene una rica historia que va más allá del deporte. Este sitio, que fue parte del Cinturón de Hierro durante la Guerra Civil, alberga vestigios de la defensa republicana de Bilbao. Entre sus senderos, se pueden encontrar trincheras y búnkeres que recuerdan un pasado tumultuoso. En 1937, el ingeniero Alejandro Goicoechea desertó llevándose consigo planos clave que facilitaron la ruptura de esta defensa. Su traición tuvo un impacto significativo en el desarrollo de la guerra.
Después de la contienda, Goicoechea se unió al empresario vasco José Luis Oriol para desarrollar el famoso tren Talgo, un símbolo de innovación en el transporte. Recientemente, se han marcado rutas turísticas en estos montes que permiten a los visitantes conocer más sobre la memoria histórica de la región, lo que añade una capa de significado a la competencia actual.
Es interesante reflexionar si los ciclistas que compiten en estos terrenos, como Peio Bilbao y el ya mencionado Aranburu, son conscientes de la historia que los rodea mientras luchan por la victoria. En medio de la tensión y el esfuerzo, ¿se detendrán a pensar en los eventos que han moldeado la zona donde ahora están compitiendo? Estas preguntas, aunque quizás ingenuas, contribuyen a la preservación de la memoria colectiva.
La Itzulia no solo es una celebración del ciclismo, sino también una oportunidad para recordar y reflexionar sobre la historia que acompaña a cada rincón del trayecto. A medida que los ciclistas avanzan por estas carreteras, el legado de quienes vivieron aquí antes que ellos sigue vivo, recordándonos que el deporte y la historia a menudo caminan de la mano.



























































































