El debate sobre la oficialidad de la selección de Euskal Selekzioa en el ámbito futbolístico sigue generando controversia. Juan Carlos Soto, abogado de la Federación de Euskadi de Pelota Vasca, considera que aunque el camino es complicado debido a la actual estructura del deporte, no es jurídicamente imposible. En este contexto, subraya que la decisión final dependerá de la FIFA, que actuará en función de sus propios intereses, independientemente de las posturas de los gobiernos involucrados.
Soto también menciona que el caso del surf podría seguir un destino similar al de la pelota, dependiendo del interés mostrado por parte de la Federación Internacional de Surf. Este tipo de situaciones permite entrever las complejidades de las decisiones en el ámbito deportivo, donde las influencias externas pueden jugar un papel crucial.
Al abordar el tema de Gibraltar, el jurista explica que la influencia de los gobiernos en las competiciones es significativa. Recuerda cómo, en su momento, un apoyo decidido de países anglosajones y asiáticos permitió que Gibraltar obtuviera el visto bueno para participar en competiciones internacionales. Según Soto, no sería prudente provocar a la entidad organizadora de estos eventos, dado que las decisiones suelen estar ligadas a intereses económicos, como los que rodean eventos de gran envergadura.
Xavier Cazaubon, otro destacado integrante del debate, expresa su frustración al afirmar que “estamos cansados de que la pelota vasca sea usada por la política española y navarra”. Este sentimiento de cansancio refleja una preocupación más amplia sobre cómo el deporte puede ser utilizado como herramienta política, en lugar de ser un mero vehículo de expresión cultural y social.
«La pelota ha vuelto a casa», afirma Soto, haciendo hincapié en que el establecimiento de la Federación Española de Pelota en 1940 se debe a un régimen dictatorial. En contraste, la Federación Internacional de Pelota Vasca (FIPV) fue fundada en 1929, cuando las federaciones de Francia, Argentina y las regiones vascas buscaban organizarse de manera independiente. Este retorno a las raíces es significativo y plantea preguntas sobre la identidad cultural vasca y su representación en el deporte.
Soto concluye que la lucha por la oficialidad y el reconocimiento de la identidad vasca en el deporte es un proceso que requiere no solo de un trabajo jurídico, sino también de un esfuerzo diplomático discreto. Este enfoque sugiere que, aunque los vascos no tengan más derechos que otros, sí deben tener la oportunidad de ser escuchados y reconocidos por sus particularidades culturales.
La cuestión de la oficialidad no solo afecta a los deportistas, sino que también tiene un impacto en la sociedad vasca en su conjunto. La lucha por la identidad y el reconocimiento va más allá del ámbito deportivo y entra en el ámbito sociopolítico, lo que plantea desafíos importantes para las futuras generaciones. Con el tiempo, será esencial observar cómo se desarrollan estos debates y qué implicaciones tendrán para el futuro del deporte en la Comunidad Autónoma del País Vasco.






























































































