Ricardo Ugarte nació en San Pedro de Pasaia en 1942, en la misma pila bautismal que Blas de Lezo trescientos años antes. A sus 83 años, el escultor sigue activo en el taller y acaba de recibir un homenaje en su pueblo natal, un reconocimiento que él valora especialmente porque llega en vida. «Aquí tenemos la costumbre de hacerlos cuando alguien muere para decir qué grande era», reflexiona.
Su trayectoria ha abarcado fotografía, literatura, poesía y pintura, pero es la escultura —y el hierro como material— lo que define su obra. Ugarte forma parte de una generación de creadores vinculados al mar: Jorge Oteiza era de Orio, Eduardo Chillida de Donostia, Néstor Basterretxea de Bermeo. Todos trabajaron el metal y todos han fallecido. «Me he quedado solito. Soy el patriarca y sientes una especie de orgullo por poder representar a toda una generación, sobre todo porque éramos amigos», reconoce.
De la Bienal de Donostia a exponer junto a Henry Moore y Calder
El despegue internacional llegó pronto. En 1969 ganó la Bienal Internacional de Arquitectura de Donostia y en 1973 participó en la I Bienal Internacional de Escultura de Tenerife, donde compartió espacio con Henry Moore y Alexander Calder. Ese mismo año representó al arte vasco en Madrid, una época en la que la escultura surgida en Euskadi empezaba a convertirse en referente dentro y fuera del Estado. El Museo Reina Sofía conserva varias piezas suyas.
Su relación con Oteiza fue estrecha. Ugarte llegó a ejecutar la escultura ‘Atauts’ en Tolosa porque el maestro de Orio, según cuenta, tenía dificultades con la relación de escala en obra pública. «Para esas cosas confiaba en mí», recuerda sin aspavientos.
La obra más reconocida de Ugarte ocupa un lugar céntrico en Donostia: la ‘Estela’, inaugurada un 20 de enero con tamborrada infantil incluida. Pero su producción se extiende por geografías diversas —un área de descanso en la autopista entre Barcelona y Girona, una pieza en Wiesbaden, la ciudad alemana hermanada con la capital guipuzcoana— y por un terreno propio de 17.000 metros cuadrados en Igeldo, bautizado ‘Itxas-Burni’, donde acumula esculturas al aire libre frente al mar.
Ugarte defiende el espacio público frente a la colección privada y reclama a las instituciones que saquen de los almacenes el arte que permanece oculto. «El gran problema de los museos es que tienen mucha obra guardada», señala. La retrospectiva que la sala Kubo le dedicará en 2027 pretende mostrar piezas poco conocidas; incluso se estudia trasladar una de las esculturas de Igeldo al exterior del recinto expositivo. Todo está, dice, «en gestación».
Su filosofía de trabajo se resume en una frase que ha repetido durante décadas: «En mi vida ha habido siempre un proceso de síntesis. Al principio quieres decir muchas cosas y se te amontona la escultura. Luego vas quitando y quitando hasta quedarte con dos planos que convergen en uno». A los 83 años, mientras la cabeza funcione, no piensa parar.



























































































