El legado de Cristóbal Balenciaga, el renombrado diseñador español, no solo se limita a sus icónicas creaciones, sino que también incluye a las talentosas modistas que colaboraron en la construcción de su imperio en la moda. Este aspecto menos conocido se ha puesto de manifiesto a través de la exposición y documental titulados ‘Las manos que cosen’, que se han presentado recientemente en el festival de cine y moda Feed Doc.
La muestra rinde homenaje a las mujeres que, con gran destreza, contribuyeron a la fama de Balenciaga y a su éxito en ciudades como Donostia, Madrid, Barcelona y, por supuesto, París, donde se estableció la vanguardia de la alta costura. Este proyecto, impulsado por el investigador de la Fundación Balenciaga, Igor Uria, ha conseguido recopilar testimonios de una decena de mujeres que trabajaron en los talleres del diseñador, muchas de las cuales aún viven.
Uria ha compartido cómo logró conectar con estas mujeres, quienes inicialmente respondieron a un cuestionario, lo que facilitó que se pudiera establecer un diálogo sobre sus experiencias y trayectorias en el mundo de la moda. Aquellas que trabajaron para Balenciaga durante las décadas de los 50 y 60 eran conocidas como «las chiquitas», un apelativo que refleja la juventud y la dedicación que caracterizaba a estas modistas. A pesar de sus contribuciones significativas, muchas de ellas restan importancia a su labor, subrayando cómo en su época no se valoraba adecuadamente su trabajo.
La artista audiovisual Itxaso Díaz, encargada de realizar las entrevistas, ha destacado que estas mujeres, que empezaron su carrera desde muy jóvenes, a menudo recibían este trato por parte de sus colegas, quienes eran sus mentoras en el oficio. Era habitual que entraran al taller acompañadas de familiares y amigas, creando un ambiente casi familiar. Sin embargo, la mayoría dejaba el trabajo tras casarse, ya que socialmente se consideraba que una mujer casada no debía trabajar.
El documental también revela tradiciones entrañables, como la de las modistas que contraían matrimonio mientras trabajaban en la Casa Balenciaga, quienes tenían la oportunidad de utilizar un vestido de la colección anterior para su boda. Este gesto, aunque simbólico, muestra el cariño y la consideración que se tenía hacia ellas.
Por otro lado, Michelle, que trabajó en la tienda parisina de Balenciaga, recuerda cómo su ingreso en la casa de moda fue casi fortuito, tras haber sido modelo. Su experiencia resalta la importancia del aprendizaje en un ambiente donde cada detalle contaba, y el proceso de confección se asemejaba a crear una obra de arte.
Las casas de Balenciaga estaban organizadas en dos espacios: el taller y el salón. Mientras las modelos desfilaban en el salón, las costureras trabajaban en el taller, detrás de una cortina. Uria señala que al ingresar al taller, observaban las habilidades de las jóvenes, lo que determinaba si se especializarían en sastrería o modistería.
La exposición no solo se limita al documental, ya que también incluye una instalación con telas y fotografías en movimiento, diseñada por la artista del collage Susana Blasco, que ha sido trasladada a Barcelona en este marco. Cristóbal Balenciaga Eizaguirre, nacido en Getaria en 1895, abrió su primera casa de moda en Donostia en 1917, dando inicio a una carrera que marcaría la historia de la moda, extendiéndose posteriormente a Madrid, Barcelona y, finalmente, estableciendo su sede en París en 1937.
Esta conmemoración de las modistas que trabajaron para Balenciaga revela no solo el impacto de su legado en la moda, sino también la importancia de reconocer el trabajo de aquellas mujeres que, con su dedicación, contribuyeron a la creación de una de las marcas más icónicas de la historia. La exposición «Las manos que cosen» se presenta como un homenaje a su labor, brindando al público la oportunidad de conocer sus historias y valorar su papel en el mundo de la alta costura.
































































































