Donald Trump no se puede considerar simplemente como un fenómeno político peculiar o un error en la democracia, sino que representa una amenaza sistémica. La psicología política ha intentado definirlo como un narcisista maligno, un manipulador sin escrúpulos y carente de empatía, pero incluso esta caracterización parece no ser suficiente para abarcar el daño real que su figura representa. Su llegada al poder ha transformado la democracia estadounidense en una caricatura de autoritarismo, donde se priorizan el berrinche, la mentira y un deseo desmedido de control.
Es alarmante que el futuro del planeta, el equilibrio económico internacional y el mayor arsenal nuclear del mundo estén sujetos a la voluntad de un individuo emocionalmente inestable, obsesionado con su propia imagen y ajeno a cualquier concepto de bien común. Durante su mandato, Estados Unidos ha legitimado el odio, la xenofobia y un autoritarismo grotesco que se manifiesta no solo como una broma, sino como una realidad profundamente destructiva.
Trump no se limita a actuar de manera amoral; representa un peligro existencial. Ha introducido un virus de fascismo en las instituciones, ha elevado la ignorancia como un símbolo, ha transformado la tranquilidad en temor y el insulto en su forma de gobernar. Su filosofía, centrada en la ley del más fuerte, parece tener un objetivo claro: dominar el continente americano, expulsar a potencias como Rusia y China y debilitar la Unión Europea. La preocupación es mayor dado que no estamos ante un bufón inofensivo, sino ante un hombre con acceso al botón nuclear, lo que lleva a la conclusión de que Europa debería erigir su propia industria de defensa.
El “reinado” de este psicópata no debe verse como un episodio pasajero, sino como un síntoma de una civilización que, al elevar a un ser de tal calaña, está comenzando a devorarse a sí misma sin posibilidad de retorno. Esta situación nos invita a reflexionar sobre la dirección que ha tomado el mundo y las implicaciones que esto puede tener en el futuro de las democracias y la estabilidad global.





























































































