En Gipuzkoa, la hostelería se erige como uno de los pilares fundamentales de la identidad cultural y social del territorio. Con más de 4.000 establecimientos entre bares, restaurantes y hoteles, este sector no solo genera más de 26.000 empleos directos, sino que se convierte en el escenario donde se forjan relaciones y se comparte la hospitalidad que define a la región.
Un claro ejemplo de este fenómeno es Marta Vega, una joven de 22 años que trabaja como camarera en el Baluarte, ubicado en la plaza Zuloaga de Donostia. Desde su infancia, Marta ha estado vinculada al mundo de la hostelería, ayudando a su padre en el bar familiar. “Al principio lo veía como un trabajo de verano, pero se ha convertido en una escuela de vida. Cada día descubro algo nuevo que me obliga a crecer”, afirma. Para ella, la hostelería representa el “corazón social” de Gipuzkoa, donde se entrelazan generaciones y se crean interacciones significativas. “Sin la hostelería, nuestras calles serían más frías, menos humanas”, añade, reflejando la importancia de estos espacios en la comunidad.
Celeste Ullua, encargada de Terracity en el centro comercial Garbera, también resalta la relevancia de la hostelería más allá de su función económica. Originaria de Argentina, Celeste llegó a Donostia hace ocho años. Su pasión por el servicio y el contacto humano la llevó a encontrar en este sector una vocación. “Me enamoré del contacto humano y de esa adrenalina que solo se vive detrás de la barra. No hay piloto automático: cada cliente es distinto y cada servicio es un reto”, comparte. Desde su posición, Celeste subraya que la hostelería no solo impulsa el turismo, sino que también sostiene la identidad social y cultural del entorno, convirtiéndose en un lugar de convivencia y celebración.
Alfonso González, un veterano camarero con 35 años de experiencia, también hace hincapié en la importancia de este sector. Comenzó su trayectoria profesional buscando independencia económica y nunca imaginó que la hostelería se convertiría en su vocación. “Los primeros días fueron duros, pero poco a poco fui aprendiendo hasta descubrir que esto no era solo un trabajo, sino un oficio del que hoy me siento orgulloso”, relata. Alfonso destaca que la hostelería no solo aporta vitalidad a los barrios, sino que también contribuye al bienestar general de la comunidad, solicitando un mayor reconocimiento hacia los esfuerzos de quienes trabajan en este ámbito.
La hostelería en Gipuzkoa no solo se define por su contribución económica, sino por la capacidad de sus profesionales para crear un entorno cálido y humano. Tanto Marta como Celeste y Alfonso coinciden en que, aunque la profesión es exigente y presenta desafíos, también brinda valiosas lecciones y experiencias enriquecedoras. Según Alfonso, “es un oficio con futuro, lleno de aprendizajes y oportunidades”, y esa visión de esperanza se convierte en un motor que impulsa a muchos a seguir adelante en este sector.
Además, la dedicada labor de estos profesionales no debe ser subestimada. Cada servicio implica un esfuerzo invisible, desde la preparación hasta la atención al cliente. “Un buen servicio no solo genera ingresos, sino también relaciones y experiencias”, explica Celeste, insistiendo en la necesidad de valorar el trabajo detrás de cada plato y cada bebida servida. Esta visión integral de la hostelería como un engranaje vital para la cohesión social y económica de Gipuzkoa es fundamental para entender su verdadero impacto en la comunidad.
En conclusión, la hostelería en Gipuzkoa se presenta como un sector vibrante que va más allá de su función económica. Es un espacio donde se cultivan relaciones, se construye identidad y se forja un sentido de pertenencia. La experiencia y las reflexiones de profesionales como la consejera María Ubarretxena, Marta, Celeste y Alfonso nos recuerdan que la hostelería es un arte que alimenta tanto el cuerpo como el alma, enriqueciendo la vida de quienes la rodean.




























































































