La competición del Europeo de balonmano ha alcanzado su fase decisiva, con solo cuatro selecciones en la lucha por las medallas. Mientras Dinamarca, Islandia, Alemania y Croacia se preparan para la batalla final, la selección española se ha despedido del torneo tras una actuación decepcionante contra Portugal, que ha asegurado su plaza para el próximo Mundial.
Un aspecto que ha resaltado en este Europeo es la influencia de los técnicos islandeses, ya que tres de los equipos semifinalistas están dirigidos por ellos. Dagur Sigurdsson con Croacia, Snorri Steinn Gudjónsson de Islandia y Alfred Gíslason al mando de Alemania han implementado un estilo de juego caracterizado por la rapidez y decisiones ágiles en el ataque, lo cual ha sido clave para su éxito.
En el caso de la selección española, el balance del torneo ha sido agridulce. A pesar de que el equipo dirigido por Jordi Ribera mostró destellos de buen juego, la falta de consistencia ha sido evidente en momentos críticos. Un área que ha generado preocupación ha sido la defensa central, donde se han evidenciado desajustes a pesar de las prometedoras actuaciones de Abel Serdio y Antonio Serradilla, quienes podrían ser importantes en futuros torneos.
Las críticas no solo se han dirigido a la defensa, sino que la portería ha mostrado debilidades. La irregularidad de Sergey Hernández, quien era visto como el número uno y contaba con un gran momento en el Magdeburgo, ha afectado el rendimiento en partidos ajustados. La falta de regularidad ha hecho que los encuentros se inclinen hacia los rivales, como Noruega y Alemania, donde el rendimiento de porteros como Robin Hauge y Andreas Wolff ha resultado decisivo.
La selección ha sabido demostrar carácter y ha tenido momentos de buen balonmano, pero la impresión general es que no han podido consolidar la fiabilidad necesaria para competir verdaderamente por las medallas. No obstante, este Europeo ha servido como un valioso banco de pruebas para seguir formando un equipo competitivo de cara al futuro.
Por otro lado, Croacia ha seguido un camino diferente, construyendo su éxito a través de un enfoque colectivo. Sin depender de una gran estrella como Mathias Gidsel, su entrenador, Dagur Sigurdsson, ha formado un equipo que destaca por su compromiso y la distribución de responsabilidades entre los jugadores. La retirada de su líder, Domagoj Duvnjak, no ha frenado su avance, y el bloque coral de jugadores ha sabido adaptarse y seguir luchando con intensidad.
Los números refuerzan esta idea, ya que en sus primeros siete partidos del campeonato, solo Ivan Martinovic ha repetido como máximo goleador en dos ocasiones, mostrando que en cada encuentro diferentes jugadores como David Mandic, Mario Sostaric o Tin Lucin han tomado el rol de líderes, generando una variedad ofensiva que ha complicado la tarea a sus oponentes.
La próxima fase del torneo promete ser intensa, con encuentros que determinarán qué selección se alzará con el título. Los equipos han demostrado un nivel competitivo elevado, y será interesante observar si la selección española logrará aprender de esta experiencia y hacer los ajustes necesarios para el futuro.






























































































