El 23 de enero de 2016, Donostia celebró su designación como capital cultural europea, un evento que comenzó con entusiasmo pero que terminó dejando un sabor agridulce. Más de 6.000 tamborreros se reunieron en la playa de La Concha para dar inicio a las festividades. Sin embargo, la ceremonia que tuvo lugar más tarde en el puente María Cristina, diseñada por el catalán Hansel Cereza, no cumplió con las expectativas de muchos asistentes, lo que provocó desilusión en la comunidad.
Desde que se inició el proceso en 2008 bajo la iniciativa del entonces alcalde Odón Elorza, hasta la elección de San Sebastián como capital cultural en 2011, hubo numerosos desafíos. A pesar de las críticas, el actual alcalde, Jon Insausti, opina que la capitalidad realmente transformó la forma en que se vive la cultura en la ciudad. «Aunque existe una sensación de fracaso colectivo, también se lograron cosas significativas», comenta Insausti, quien también fue concejal en aquel momento y ahora hace un balance exhaustivo de aquel año.
Insausti destaca que la capitalidad impulsó colaboraciones efectivas entre instituciones y agentes culturales, así como el cuidado de los nuevos creadores. Según su perspectiva, muchos de los temas que hoy son parte del debate cultural, como la inclusión social y la igualdad de género, tuvieron su origen en aquellos eventos. Sin embargo, también advirtió que los proyectos fueron «demasiado adelantados» para la época y que la ciudad se encuentra mejor preparada en la actualidad para abordar esas propuestas innovadoras.
El alcalde menciona que aunque no se construyeron grandes infraestructuras, iniciativas como Tabakalera, inaugurada poco antes, y diversos programas culturales han dejado una huella duradera. Proyectos como el programa Antzerkigintza Berriak, que colabora con teatros como el Arriaga y el Principal de Vitoria, y el festival Glad is The Day, que utiliza espacios públicos para festivales de mediano formato, son ejemplos del legado que perdura hasta hoy.
Por su parte, el director teatral Fernando Bernués, quien formó parte del equipo organizador de Donostia 2016, también ofrece un análisis sobre el evento. A pesar de que la programación fue reconocida, lamenta que algunas iniciativas, como el montaje de «Sueño de una noche de verano», no se hayan repetido. «La idea estaba sobre la mesa, pero llegó la pandemia y decidimos optar por un sistema más sostenible que permitiera más festivales», explica.
Bernués critica la percepción de que el evento fue un fracaso, argumentando que, pese a las dificultades, mantuvo la cultura en el centro del debate social. Además, menciona que la falta de apoyo a las actividades culturales que escapan del control institucional ha limitado el desarrollo del sector artístico. «Parece que hay miedo de las instituciones a las iniciativas que no pueden controlar», añade.
La música donostiarra Sara Azurza, que en 2016 era una joven estudiante, también reflexiona sobre el impacto de la capitalidad cultural. A pesar de haber visto un crecimiento en la proyección internacional de la ciudad, destaca que aún es complicado para los artistas jóvenes encontrar circuitos alternativos donde puedan desarrollarse. «Diez años después, aún existe esa dificultad, y aunque hay aspectos positivos, el crecimiento turístico ha generado incomodidad entre los propios donostiarras».
El legado de Donostia 2016 es complejo y multifacético. Aunque muchos coinciden en que no se aprovecharon al máximo las oportunidades que brindó, también reconocen que sentó bases para un futuro más colaborativo y culturalmente enriquecedor. Como concluye Insausti, «la capitalidad marcó varias tendencias que perduran en nuestra cultura diaria, y su influencia sigue vigente en la forma en que interactuamos con la cultura y nuestros creadores».






























































































