La reciente decisión de la jueza de cerrar el caso Amaya Zabarte ha generado un profundo malestar en la familia Novoa. Joseba Novoa, afectado por el sufrimiento y las injusticias, expresó su confusión ante el veredicto, cuestionando: “¿A quién hay que creer, a un auto o a lo que mis ojos han visto en un vídeo?”. Este veredicto ha sido recibido como un duro golpe por quienes han estado cerca de Amaya, quien sufrió graves lesiones durante un incidente en el que se le atribuyó un ataque por parte de un agente de la Ertzaintza.
Joseba, visiblemente consternado, compartió su angustia, afirmando que “les han destrozado la vida” y que el sufrimiento persiste. Este sentimiento de injusticia se agrava al recordar las imágenes del incidente que se han hecho virales, donde claramente se observa cómo un ertzaina patea a Amaya en el suelo. En su opinión, el auto judicial minimiza la gravedad de los hechos al calificar la acción como una simple “colisión” en lugar de reconocer la agresión.
La valoración de las pruebas ha sido un punto crucial en este proceso. Novoa mencionó que el auto judicial ignora las imágenes del momento del disparo y la reacción de testigos que describieron una situación alarmante. Las palabras de la médico forense fueron contundentes: las lesiones podían ser causadas por un impacto directo, ya sea de un proyectil o una patada, descartando otras hipótesis como una caída. La frustración de la familia se intensifica al ver que la investigación parece haberse centrado en la versión de los agentes implicados, mientras que se desestiman las pruebas visuales y testimoniales.
Joseba también expresó su preocupación por el impacto psicológico que esta situación ha tenido en su hijo, Aingeru, quien ha presenciado cómo su madre fue agredida y se pregunta por qué no se castiga a los responsables. “Quiero que mi hijo crezca creyendo en la justicia”, lamenta, mientras se siente impotente ante la falta de respuestas claras y contundentes.
Las secuelas físicas y emocionales que Amaya sufrió no se limitan a las lesiones visibles. La familia enfrenta un futuro incierto, ya que debido a las consecuencias del ataque, la vida de Amaya ha cambiado drásticamente. “La vida no va a ser igual para nosotros”, dice Joseba, refiriéndose al dolor constante y el miedo que experimentan, incluso al asistir a eventos deportivos en lugares como Anoeta.
Desde que se inició el proceso judicial, la familia ha sentido que las instituciones han dado la espalda. Joseba mencionó que solo ha recibido apoyo real de un parlamentario, Gorka Ortiz de Guinea, mientras que otros políticos se han mostrado indiferentes. La falta de acción y la aparente manipulación de la información por parte de las autoridades han aumentado su frustración, llevando a la familia a cuestionar la operación del Departamento de Seguridad.
La familia Novoa se siente atrapada en un ciclo de injusticia, donde cada intento de cerrar el caso parece abrir nuevas heridas. La lentitud del proceso judicial ha sido desgastante, haciendo que Joseba se sienta cada vez más cercano a rendirse, aunque se niega a hacerlo por el bien de su hijo. “Quiero que me lo demuestren”, afirma, deseando que el recurso presentado sea considerado con seriedad en un futuro juicio.
A pesar de la adversidad, la familia sigue luchando por la verdad. Joseba mantiene la esperanza de que el recurso será escuchado por el Tribunal Superior de Justicia de Gipuzkoa, que tiene la reputación de ser justo. “Espero que se haga justicia, aunque ahora mismo no lo crea”, concluye, reafirmando su compromiso a seguir adelante en la búsqueda de respuestas y justicia para Amaya.































































































